jueves, 14 de junio de 2012

Despacito


Le veo. Se acerca muy despacio, como si no quisiera que me diera cuenta, pero lo hago. Y no sólo porque veo como los milímetros que hay entre nosotros se acortan, también lo noto porque su respiración cada vez se agita más y su corazón late tan fuerte que acabará despertando a los vecinos. Aunque no puedo protestar por eso, el mío también va a una velocidad desorbitada y emite tal sonido que ya podrían ser tambores o cañonazos.
Apenas hay ya separación y puedo sentir sus labios en mi piel. Suben, tan lentamente como se han acercado. Primero por el cuello, dulce, cálido. Barbilla. Mejilla. Comisura. Se detienen. Temblorosos, dubitativos, con miedo. Yo cierro los ojos. Sé que dentro de poco ya no podré pensar en otra cosa. No podré respirar nada más que el aire que salga de sus labios. Sabía que esto acabaría pasando. Y lo estaba deseando, no creas que no. Pero… ¿qué pasará cuando termine? ¿Cómo podremos mirarnos después a la cara? ¿Y mañana? ¿Qué pasará mañana?
Demasiadas preguntas. Voy a quedarme quieta, sí, eso voy a hacer. Seguiré cerrando los ojos con fuerza y desearé que no se vaya. Que se quede conmigo. Al menos toda la noche. Es muy probable que esté mal, que estemos cometiendo un error, que todo se rompa y nos arrepintamos. Ahora eso no importa. Te diría que tengo la fuerza necesaria para evitarlo y te estaría mintiendo.
Le estaba buscando. Desde siempre le he buscado. Y él me buscaba a mí. No hay otra explicación posible. Sé que a él le pasa lo mismo. Tiene que ser así.

2 comentarios:

  1. Los errores no existen.

    Wou, me ha entrado un escalofrío mientras lo leía!

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